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  SOBRE LA COLONIA
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LOS SIGLOS COLONIALES
     

El territorio salvadoreño fue descubierto a mediados de 1522 por el piloto mayor Andrés Niño, quien con dos barcos fue reconociendo las costas centroamericanas del océano Pacífico hasta el istmo de Tehuantepec. Su compañero de expedición Gil González Dávila se separó de él en ese tramo, internándose en Costa Rica y Nicaragua. Juntos volvieron a Panamá en junio de 1523. Andrés Niño bautizó a la bahía de Chorotega como golfo de Fonseca, en honor del obispo Juan Rodríguez de Fonseca, Presidente del Real y Supremo Consejo de Indias; llamó Petronila a una isla a la entrada del golfo, probablemente la isla Meanguera, y a la península que se adentra al golfo con el volcán Conchagua y la actual punta Chiquirín la nombró el cabo Hermoso.

Luego, al salvar la hoy punta Amapala y doblar hacia el norte, fue bautizando algunos lugares de la costa, en cuenta la desembocadura del río Lempa: el río Grande. A la sección de acantilados, entre el actual puerto de La Libertad y la playa Sihuapilapa, la llamó el Rostro Fragoso. El Salvador entró así a la cartografía europea y se iniciaba una aurora de tiempos nuevos para las tierras indígenas de la Centroamérica del mar del Sur.
 
a) Las provincias hispano-salvadoreñas.

El río Lempa tuvo sus primeros incidentes históricos con un grupo armado al mando de Hernando de Soto, que lo atravesó en los últimos meses de 1524, o en los primeros días de 1525, enviado por Francisco Hernández de Córdoba, desde la nicaragüense ciudad de León, a orillas del lago Xolotlán (lago de Managua), en nombre de Pedrarias Dávila, en ese entonces gobernador de Panamá. El grupo de castellanos de De Soto llegó -según constancia documental- hasta Nequepio, nombre dado en Nicaragua a Cuscatlán, la principal población indígena nahua-pipil y también antiguo nombre genérico de la región central y occidental de El Salvador, donde encontraron restos de materiales abandonados por Pedro de Alvarado y su gente de guerra, que se habían anticipado en junio de 1524: una lombarda y algún calzado.

Pedro de Alvarado, el conquistador español por antonomasia de Guatemala y El Salvador, a su vez, en 1526 cruzó el Lempa en ruta hacia la región de Choluteca en busca de Hernán Cortés, que había realizado su expedición a Honduras. Al regreso, ya en época de lluvias, Alvarado tuvo dificultades en salvarlo junto con sus acompañantes, entre quienes venía el cronista Bernal Díaz del Castillo, y se vieron obligados a fabricar una gran canoa del tronco de una ceiba. Desde entonces el río será en la historia salvadoreña un accidente geográfico de la mayor importancia, con un cauce para respetar y temer, un símbolo fluvial de las tierras que fueron incorporadas a la corona de Castilla, primero situadas en la más sureña avanzada de la jurisdicción de Hernán Cortés y, luego, desde diciembre de 1527 ya comprendidas en las de Pedro de Alvarado, nombrado gobernador de Guatemala.

El río Lempa tendrá un marcado protagonismo en la historia colonial de El Salvador; la parte translempina hasta el golfo de Fonseca tuvo como nombre primigenio el de Popocatépet, hacia donde se dirigieron pronto las expediciones de conquista. “Río poderosísimo”, le llamó el cronista Antonio de Ciudad Real; “el noble y prodigioso río Lempa”, escribió Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán; “con los muchos ríos que se le van incorporando va adquiriendo el inmenso caudal de sus aguas, que lo hace tan respetable”, apuntó Domingo Juarros en la última gran crónica colonial del reino.

El ímpetu conquistador hacia Guatemala y El Salvador provino de México-Tenochtitlan; la expedición armada de Pedro de Alvarado salió el 6 de diciembre de 1523, acompañada de un considerable número de indígenas auxiliares mexicas y tlaxcaltecas, y de otros lugares, como Xochimilco y Cholula. Después de las conocidas faenas de guerra en el altiplano guatemalteco, una parte importante de las tropas penetró a tierras salvadoreñas en junio de 1524 y por un camino sembrado de combates llegó a Cuscatlán, en las cercanías inmediatas a la actual capital salvadoreña. El viaje y los sucesos fueron descritos por el mismo Alvarado en su carta de relación fechada 28 de julio de 1524, en Iximché, capital cakchiquel, donde tres días antes había fundado, en su prístina ubicación, la ciudad de Santiago de Guatemala, además de constar en las estampas de la versión del lienzo de Tlaxcala guardada en la Colección Hunter, de la Biblioteca de la Universidad de Glasgow (Escocia).

En 1524 no hubo ninguna fundación en las comarcas cislempinas de Cuscatlán. Habrá que esperar el año siguiente, 1525, para que aparezca la primera villa de San Salvador en sus todavía enigmáticos sucesos de establecimiento y localización. La posterior refundación de San Salvador por Diego de Alvarado, con la villa estable y permanente en el pequeño valle de La Bermuda (Ciudad Vieja), próxima al pueblo indígena de Suchitoto, en el sector del Lempa medio, sí ya se trató de un hecho documentado y conocido, principalmente por la crónica dominica de fray Antonio de Remesal.

Desde la villa de San Salvador de La Bermuda, los españoles comenzaron a marchar hacia el oriente, para reconocer el paso del Lempa e internarse en el Popocatépet. No sólo estaba el afán de aumentar la jurisdicción del ayuntamiento salvadoreño, sino principalmente pacificar y hacer acopio de nuevos pueblos de repartimiento, ya que se había comenzado con la distribución de encomiendas a los vecinos de la villa. Las revueltas abundaban y los indígenas se hacían fuertes en peñoles, como aconteció en los de Cinacantan y Ucelutan. Mientras tanto, en León, Pedrarias Dávila, ya gobernador de Nicaragua, hizo un último intento de apoderarse de San Salvador, al que consideraba fundado en su propia jurisdicción. A finales de 1529 sus tropas de nuevo cruzaron el río Lempa –que se había mantenido desde 1525 como un límite informal y difuso con las tierras alvaradianas- y al mando de Martín Estete llegaron hasta San Salvador, pero fueron rechazadas. Consecuencia inmediata fue el establecimiento en el Popocatépet ultralempino de la villa de San Miguel de la Frontera, por Luís de Moscoso, alrededor de noviembre de 1530, en su primera ubicación, cerca del pueblo indígena de Usulután.

Con esto, la jurisdicción de Alvarado quedó consolidada definitivamente hasta el golfo de Fonseca, y en un principio con la parte de Choluteca inclusive (después incorporada a Honduras). Así comenzó la dependencia política y administrativa del actual El Salvador respecto de Guatemala, hasta que las reformas borbónicas del siglo XVIII le dieron un nuevo rostro a la identidad de las provincias.

La confusión y desórdenes sucedidos en Centroamérica, como consecuencia de la diversidad de gobernaciones autónomas, así como la importancia creciente del istmo de Panamá, por ser la conexión más expedita entre el Atlántico y el mar del Sur, y otras circunstancias apremiantes, motivaron la creación en 1542 por las Ordenanzas de Barcelona, o Leyes Nuevas, en tiempos de Carlos V, de la demarcación de la Real Audiencia y Cancillería de los Confines, desde Panamá hasta inclusive Yucatán, Cozumel, Tabasco y Chiapas, con sede en la ciudad hondureña de Gracias a Dios, luego trasladada a Santiago de Guatemala en 1549.

La Audiencia de los Confines fue suprimida en 1565, dividida Centroamérica entre la Audiencia de México y una nueva creada en Panamá. En esos años de transición administrativa las provincias salvadoreñas fueron adscritas a México. Restaurada en 1568-1570, la vieja Audiencia de los Confines, con su nuevo nombre de Real Audiencia de Guatemala, se vio cercenada de la jurisdicción en tierras mexicanas, así como de Panamá, que conservó su propia Audiencia, y quedó circunscrita a Chiapas, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica, que constituyeron el llamado Reino de Guatemala, incluido en la amplia geografía de la Nueva España, pero con dependencia directa de la corona y no del virrey de México, como una audiencia “pretorial”, gobernación y capitanía general.

Dos provincias surgieron en el futuro El Salvador: Sonsonate y San Salvador, las dos con categoría de alcaldía mayor; San Salvador, la más extensa, dividida por el río Lempa, y la menor, la de Sonsonate (actuales departamentos de Sonsonate y Ahuachapán), que tuvo como cabecera a la villa de La Trinidad, fundada en 1553. La villa de San Salvador de La Bermuda cambió de sitio en 1545, del estrecho llano al pie del cerro Tecomatepe al presente emplazamiento en las faldas del volcán, en el valle del río Acelhuate, y recibió el título de ciudad por real provisión del 27 de septiembre de 1546.

Los pueblos de indios se organizaron con sus propios cabildos y autoridades, controlados por los padrones de encomiendas y de tributos, y se les dieron las tierras ejidales para uso de sus habitantes, así como las colectivas pertenecientes a las comunidades indígenas. Según el sistema imperante de segregación de las etnias, la europea y la indígena, los pueblos de indios llevaron su vida propia de sometimiento y transculturación.

Sin embargo, muy pronto surgió en las provincias salvadoreñas la etnia híbrida y mestiza, los hijos de españoles e indígenas, que le dieron a la región un cariz especial y propio, pues en las tierras del bajío el mestizaje y la ladinización cultural se mostraron galopantes, por el sistema de haciendas, el comercio y la facilidad relativa de comunicaciones. Los mestizos fueron asentándose en haciendas y tierras realengas donde crearon sus propias comunidades informales, muchas de las cuales en el siglo XVIII comenzaron a convertirse en verdaderos pueblos. Lo mismo sucedió con los hijos libres de esclavos negros, los mulatos, que se fueron incorporando a la población de las castas, o grupos de sangre mezclada –en general conocidos como ladinos- con una rápida expansión en las provincias, pues la esclavitud africana, aunque en menor grado que en otras partes de Centroamérica, estuvo presente desde los primeros años de los conglomerados urbanos y de la consolidación del andamiaje administrativo español del país.

La provincia de San Salvador fue elevada a intendencia con las reformas de Carlos III, por real cédula del 17 de septiembre de 1785. En cuanto a Sonsonate, que había heredado la categoría de alcaldía mayor, primero dada, alrededor de 1550, al puerto de Acajutla, permaneció con ese rango hasta el siglo XIX y la Independencia, como parte integrante de la provincia de Guatemala, separada de la intendencia de San Salvador.

 
b) Añil y comercio.

Dos son los productos que marcaron época en El Salvador. Primero fue la era del cacao, por causa de la baja acentuada de los cacaotales del Soconusco, en el sur de Chiapas, y que no obstante cultivarse por doquier en las tierras calientes tuvo su auge pronunciado en los pueblos izalqueños de Sonsonate hasta entrado el siglo XVII. El cacao fue el promotor del temprano desarrollo del puerto de Acajutla y del tráfico marítimo que lo llevaba a dos puertos mexicanos, Huatulco y Acapulco.

Pronto surgió la producción de tinta añil obtenida de la planta xiquilite, que los indígenas conocían desde tiempos inmemoriales y que los españoles descubrieron como un rubro con las mejores perspectivas por la calidad intensa del color azul, de inmejorable fijación en las telas, que marcó los parámetros generales del desarrollo económico de las provincias. El trabajo en los lugares de procesamiento, los obrajes de tinta, se fue incentivando hasta convertirse en una verdadera obsesión que llevó al índigo salvadoreño a ser el primer producto de exportación del reino y su mayor fuente de ingresos. Por todos lados, donde hubiera buena tierra y suficiente agua en ríos y arroyos, surgieron las siembras de xiquilite y los obrajes añileros, hasta convertir a El Salvador en la metrópoli del índigo en el Istmo. El añil tuvo particular desarrollo en la parte ultralempina de San Miguel y su comarca, así como en la región de San Vicente de Austria (fundado en 1635), pero se cultivó y procesó –casi abrumadoramente- en gran parte de El Salvador con varias categorías de calidad, el mejor era el añil “flor tizate”, con exportaciones que llegaron a su máxima expresión en cantidad y altos precios a finales del siglo XVIII y principios del XIX.

Otras producciones importantes fueron la caña de azúcar, introducida desde muy pronto -y primero cultivada en las cercanías de Cojutepeque-, así como el algodón y los granos básicos para alimentación local. La ganadería fue destacada, tanto por la carne como por el cuero para la confección de zurrones, los sacos de piel en que se exportaba el añil, además de la usual talabartería. Un producto propio de la región fue el bálsamo, la espesa resina aromática y medicinal obtenida de una variedad autóctona de árboles balsameros que proliferaban en la llamada costa del Bálsamo, a orillas del Pacífico, entre las provincias de San Salvador y Sonsonate. Las botijas con bálsamo se exportaban en buena cantidad hacia Perú, por lo que el producto fue conocido en España como bálsamo del Perú. El café apareció por primera vez, sin datos de producción y sólo mencionado como bebida, en las fiestas reales de la jura del rey Carlos III, en La Trinidad de Sonsonate, en enero de 1761.

El puerto principal de la época de la monarquía fue Acajutla, que también era la puerta de entrada del mar del Sur de Santiago de Guatemala, así como tuvo actividad el pequeño puerto de Amapala en el golfo de Fonseca, que servía a San Miguel y a la zona oriental (distinto del Amapala hondureño del siglo XIX). El golfo fue visto por algún tiempo como un posible sustituto de Panamá en la ruta de la plata peruana hacia España, con una ruta terrestre que conectaría con el Atlántico y Puerto Caballos en Honduras, donde podrían asimismo llegar los galeones de Tierra Firme y el comercio de la Península.

El río Lempa continuó siendo una barrera de comunicaciones, pero en situación normal había barcas y canoas que lo cruzaban. Las barcas eran usualmente de tamaño adecuado para transportar no sólo personas, sino también equipajes, caballos, mulas y ganado. En 1807, en los años del intendente Antonio Gutiérrez y Ulloa, estaban funcionando en el Lempa quince barcas de servicio público en diferentes sitios, la mayor parte –seis- en el partido de San Vicente, en las haciendas Santa Bárbara, Nancuchiname, Candelaria, Joco, Corlantique y La Parra. En el partido de San Miguel había una, localizada en las haciendas La Barca y Umaña; lo mismo en Sensuntepeque, en la hacienda Santa Lucía. En las comarcas del importante pueblo de Santa Ana, funcionaba la barca de la hacienda San Nicolás. A éstas se sumaban las varias canoas de uso público en el Lempa, como las diez del partido de Tejutla, siete en el de Chalatenango, tres en Sensuntepeque, y otras en ríos menores, como el Grande de San Miguel y el Torola, entonces en el partido de Gotera –donde además se usaba una barca de cuerda-; así también había varias en las regiones de Metapán y Santa Ana para cruzar el Lempa y tributarios, como en Atempa Masahua y sobre el Ususud, o río Desagüe. El precio del pasaje en barca o canoa variaba entre medio y dos reales.

Existía una seria dificultad para perseguir delitos al interponerse el río entre el lugar de comisión y el de persecución y búsqueda de un culpable, por efecto de la verdadera frontera que era el Lempa. Al grado de creerse por algunos, como sucedió con el monje dominico Thomas Gage, en 1637, de que era también raya de jurisdicción penal para las autoridades, cuando en realidad era sólo un obstáculo, por efecto de su cauce y caudal, que se anteponía por la naturaleza a los intentos de cumplimentar expedientes, ya dificultoso de diligenciarse debido a los abruptos caminos reales.
 
c) La sociedad multiétnica.

Las provincias salvadoreñas fueron sobre todo tierras de clérigos diocesanos, ya que las órdenes religiosas no llegaron a tener la preponderancia de otros lugares. Durante todo el período español las dos provincias estuvieron integradas al obispado, después arzobispado, de Guatemala, creado por bula del 18 de diciembre de 1534, por el papa Paulo III, con Francisco Marroquín como su primer obispo, un personaje fuera de serie, por sus dotes de estadista el que efectivamente puso la piedra fundamental en la organización y administración tanto de Guatemala como de El Salvador, incluso en el orden civil. Las órdenes que tuvieron conventos en las provincias salvadoreñas fueron los dominicos, franciscanos, mercedarios y juaninos.

El arte religioso, el más representativo del llamado arte colonial, todavía se conserva en algunas muestras de este período, y en la cuenca del río Lempa destacan los templos de Metapán, Texistepeque, Chalchuapa y San Vicente, así como los de tiempos republicanos, pero de corte español y criollo, levantados en Santa Ana, Chalatenango y Suchitoto, entre muchos más.

En la sociedad colonial, los grupos mestizos y mulatos tuvieron que buscar su acomodamiento en una sociedad que en sus principios trató de crear espacios separados para las dos etnias fundamentales, con sus propias normas legales y de convivencia social. Además de haberse radicado en asentamientos rústicos, los ladinos buscaron establecerse en los arrabales y periferias de las ciudades, donde se dedicaron a labores artesanales, de comercio y servicios, y como un tipo de clientelismo de las familias pudientes de los barrios principales, origen de un proletariado urbano que fue creciendo en número e importancia. Y lo mismo sucedió en los pueblos indígenas, donde aumentó la cohabitación con los ladinos que allí se avecindaron, y también con familias criollas, cuando las normas de separación de las etnias se distendieron.

El resultado fue que con los siglos la mezcla étnica devino en la nueva raza hispanoamericana, en El Salvador la de mayor importancia. Aun las familias de la alta clase criolla provinciana no podían presumir de total “blancura” porque la sangre indígena asomaba insistente. Esto creó una fisonomía especial que fue una realidad omnipresente al acercarse los tiempos de la autonomía e independencia, además de los elementos determinantes de la ladinización cultural. En las provincias salvadoreñas, no sólo fue la mezcla de indígena y español, sino agregado, en lugares más, en otros menos, los resabios de la etnia africana en los mulatos que abundaron y dejaron su distintiva impronta en la sociedad ladina que hoy es el panorama humano del país.

Las situaciones de jerarquía de los siglos españoles se fueron decantando poco a poco, abriendo paso a los inicios de las clases sociales, ya que a las consideraciones del fenotipo y el color de la piel se unió decisivamente la posición económica. Los criollos, a pesar de diferencias en su mismo grupo, siguieron constituyendo el dominante sector hegemónico, con acceso a privilegios y a una mejor educación, pero los ladinos –mestizos y mulatos- ya estaban rampantes en su papel protagónico, mientras los indígenas iban menguando en número e importancia en un mundo propio que se desmoronaba desde el siglo XVI.

Bibliografía

Lic. Roberto Gallardo, Dirección departamento de Arqueología de l: Notas sobre “El río, la tierra y la historia” horizonte prehispánico.

Lic. Pedro Antonio Escalante Arce, Historiador y Secretaria de la Academia salvadoreña de la Historia, Notas sobre “ Siglos Coloniales” y sobre “ La República y sus Retos”

Colaboración para búsqueda bibliográfica en Argentina Lic. Abraham R. Daura.

Enciclopedia de El Salvador: Edit. Océano –tomo 1- págs. 163-194.

       
     

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